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Segúm el Decreto canónico, los sellos episcopales, con los cuales se sellaban los documentos de mayor valor expedidos por el Obispo, eran destruidos al cesar su propietario en el gobierno de la diocesis, para prevenir el riesgo de que se pudieran flasificar documentos.
El enigma de la historia radica en el verano de 1953, cuando el Doctor Martín Almagro Basch le compra a un comerciante de metales viejos de Albarracín la matriz del sello perteneciente al Obispo de Albarracín y Segorbe Don Luis Juan de Milá, abriendo así el debate: ¿por que no fue destruido el sello?.

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